jueves, 11 de septiembre de 2014

TERROR Y DOMINIO POLÍTICO Y SOCIAL



EL TERROR CONSIDERADO COMO
"INSTRUMENTUM REGNI"

Por Manuel Fernández Espinosa

El terror nos interpela. Por el terror que nos inspira una amenaza real o virtual quedamos paralizados y quien supuestamente nos defiende de esa amenaza se convierte a nuestros ojos en un "salvador". Iniciar esta indagación que propiamente es filosófica en lo general y, más concretamente, político-social, no es una bagatela ni un ejercicio de ociosos. Vivimos en la época en que el terror se ejerce de muchas maneras: los medios de comunicación de masas nos están continuamente advirtiendo de los peligros que se ciernen sobre nosotros. Sin ir más lejos, el Estado Islámico graba sus decapitaciones y estas se difunden por todo el planeta.

Ensayamos una hermenéutica del terror, nos interesa descubrir la funcionalidad social de algo ancestral, que ha acompañado a la humanidad desde sus más remotos orígenes: el "terror". Y, a modo de clave, podríamos decir que a primera vista el "terror" es el "instrumentum regni" por excelencia; esto es, el "terror" como instrumento para reinar, como "herramienta del poder" político aunque éste no esté configurado como un reino propiamente dicho. Todo el que detenta el poder emplea el terror (del género que sea) y todo el que aspira al poder emplea el terror. A veces, en vez de emplearlo en primera persona, el que emplea el terror no lo ejecuta él, sino que se sirve del terror que otros practican: esos otros son los odiosos "terroristas" que fácilmente ocupan las pantallas y las primeras planas de la prensa. Es así como un poder presuntamente legítimo puede conservarse, mostrando a sus súbditos el horror del que los libra y ampara: el poder que esgrime el "terror" de los otros hace todo lo posible por persuadirnos de que lo necesitamos, pues nos ofrece la seguridad frente al terror que impone el terrorista "desalmado" y, muchas veces, esa "seguridad" no está garantizada en modo alguno, pero poco importa: ahí están el 11-S y el 11-M.
 
En las sociedades tradicionales, cuando la religión no había sido cuestionada todavía, la religión era el "instrumentum regni". Polibio (n. 200 a. C. - 118 a. C.) ya venía a decir: "Si fuera posible formar una ciudad solo con personas inteligentes, [la religión] no sería menester. Pero la muchedumbre es cambiante y llena de pasiones injustas, de furias irracionales y de violentas rabias. El único remedio es contenerla con el miedo a lo desconocido y ficciones de ese género. Así, a mi juicio, los antiguos no inculcaron por casualidad en la multitud las ficciones de los dioses y las narraciones del Hades".
 
Aunque el juicio de Polibio no resista una exhaustiva fenomenología de la religión (que podría ponernos en disposición de comprehender la "religión" como algo más que un simple mecanismo de terror social), lo cierto es que interesa aquí constatar que el "terror" (sea éste el que sea) siempre ha sido ejercido como medio de contención y sujeción de masas. Esa es su auténtica funcionalidad. Algo que todo el mundo, en todas las épocas, lo sabe y lo ha hecho en su respectivo ámbito de poder: la madre que asusta al niño diciéndole que "viene el Coco", el "sacamantecas" o "el hombre del saco".
 
En las sociedades antiguas nunca faltaron los mitos, las leyendas y los cuentos: el Destino, los dioses, monstruos imaginarios ejecutan terribles castigos sobre culpables y también sobre inocentes con una meta que, no pocas veces, escapa al común de los mortales. Así las cosas, podríamos decir que, contemplada de esta forma la historia política y social, desde sus más remotas etapas a nuestros días, la mejor época que hubo para la masa social en relación a este asunto nada baladí del empleo político del terror como "instrumentum regni" fue aquella en que la religión cristiana atemperaba los abusos del poder, cuando hasta los poderosos se sujetaban de grado -por fe- a los principios morales que dictaba la Ley de Dios.
 
Con el progresivo arrinconamiento del cristianismo en lo social lo que iremos viendo será un incremento del cinismo político de los poderosos que, descreídos ya de la doctrina de ultratumba cristiana (cielo e infierno), comenzarán a ejercer la fuerza como medio de dominio drástico y eficaz a su entender: y esto aplicado lo mismo a potenciales enemigos externos que internos. La Ilustración fue el ensayo secular para persuadir a la masa social de que la religión (cristiana) se había convertido, en el mejor de los casos, en algo propio del ámbito privado, cuando no en algo inútil, pues se presumía que estaba próximo a su cumplimiento el triunfo de la Razón y la utópica "ciudad" de Polibio, aquella formada solo con "personas inteligentes" se iba a construir sobre la tierra y sus "ciudadanos" emplearían, por fin, su "razón", despreciando los recursos del terror religioso (así como de cualquier otro) y encaminándose felizmente a la emancipación que prometía Kant, la liberación de toda servidumbre en la presumible "mayoría de edad" de la Ilustración: esa gente, troquelada por la Ilustración, ya no necesitaría la religión (que, considerada al modo polibiano, con la estrechura de miras propia de un agnóstico o ateo, era decir "la religión" meramente conceptuada como "instrumento de poder"). Todo sería ajustado a los principios de la Razón.
 
Pero la Ilustración era un trampantojo, una ficción como cualquier otra. No tardaron en saberlo hombres como Donatien Alphonse François de Sade (1740-1814), el famoso Marqués de Sade que daría nombre a uno de los más aberrantes vicios de la violencia gratuita y "terrible": el sadismo. El "sadismo" considerado como enfermedad mental es una reducción del problema a parámetros desde los cuales nos parece de todo punto insatisfactorio comprenderlo. El "sadismo" es una derivación teórica y práctica -todo lo patológica que se quiera y, en su sentido estricto, satánica- que conduce a un ateo a ocupar el lugar de un Dios terrible que ha dejado su puesto vacante. Cumple sustituir a ese Dios terrible -según el sádico- para ejercer, ahora convertido él en efímero "dios", la crueldad física (con el terror que ésta inspira), toda la arbitrariedad que ponga a su merced a los demás, que no son sus prójimos, ni sus semejantes, sino sus objetos. El sádico ejerce este "terror" como "instrumento de dominio" sobre los demás. Sade se anticipó, en el ámbito privado, a una práctica que también se apresuró a poner en ejecución, en el ámbito público, la facción revolucionaria, auténtico embrión totalitario, que usurpó el poder en Francia tras 1789: así se impuso el "Terror" revolucionario, masacrando y guillotinando a los disidentes, poniendo en marcha la maquinaria capaz de aterrorizar a la inmensa masa social, imponiendo demagógicamente el "terror" en nombre del pueblo.
 
Estudiar este asunto, como lo estamos haciendo, nos exigiría ser más exhaustivos en el recorrido histórico, pero baste aquí este resumidísimo repaso para llegar al "género [literario] del terror".

Considerado como expresión literaria, el género de terror tuvo que aparecer justo cuando la sociedad occidental se había cubierto bajo el manto del ateísmo y el agnosticismo. Ya no era posible apelar a un paradero post-mortem del alma, donde ésta sufriría dolores inenarrables y eternos que el creyente sabe que sufren las almas que se condenan. El terror al infierno ha dado paso al terror en el más acá: el terror se hará inmamente. En el siglo XIX -cuando la incipiente literatura de terror va a conocer su edad dorada- el poder estatal ha renunciado a emplear descaradamente el "terror de Estado" que implantaron transitoriamente los jacobinos. El poder se ha enmascarado bajo la careta de un ordenamiento que quiere adoptar las supuestas "conquistas" de la libertad, la igualdad y la fraternidad (es la época de las Cartas Otorgadas y de las Constituciones atemperadas), pero sigue siendo poder y no puede renunciar a la violencia si quiere seguir siéndolo: el poder es ahora ejercido por un aparato político-económico que empleará el "terror" dosificadamente. Sin embargo, el conflicto está latente: contra el Estado que se erige en legítimo monopolizador de la violencia (y del terror), grupos enfrentados a él (revolucionarios de cualquier signo y contra-revolucionarios anti-liberales) entenderán que ellos, frente al Estado liberal, son los legítimos ejecutores de la violencia y del terror: es el terrorismo nihilista que sacude a Europa como un viento siberiano y es el "terrorismo blanco", en España ejercido incluso por respetabilísimos sacerdotes católicos, como el carlista D. Manuel de Santa Cruz.
 
No obstante, ahí está la literatura de terror que reelabora viejísimos mitos (como el vampírico, el del hombre-lobo, el de la momia egipcia que retorna después de ser despertada tras miles de años de secreto mortuorio) y es así como van confeccionándose los grandes mitos que llegarán al cine, pues en el siglo XX el terror se trasvasa de la literatura al cine: tempranamente los expresionistas ruedan "El Golem", versión cinematográfica de la novela homónima de Gustav Meyrink. A estas películas del género de terror pioneras les seguirá una larga serie de películas, mejor o peor realizadas, con mayor o menor éxito, que se ocuparán de mantener presente el "terror", un terror a lo desconocido que podrá variar dependiendo de la genialidad artística del autor. Pero que cumple una función: la de ser también "instrumentum regni" de un poder que se ha ocultado tras las bambalinas de la democracia generalista.
 
Lo que llama la atención es que la mayor parte de los mitos terroríficos (literarios primero y, más tarde, cinematográficos) serán erigidos por escritores que forman parte de sociedades secretas: con más o menos acento ocultista. Pero eso corresponde a una segunda parte de nuestro aproche.

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