lunes, 11 de agosto de 2014

LA SERPIENTE, ENEMIGO Y FÁRMACO

 
 
 
 
 
Asclepio

 

EL AMBIGUO SÍMBOLO DE LA SERPIENTE

 

 
Manuel Fernández Espinosa

 

Hemos tenido ocasión de mostrar algo sobre las cofradías licantrópicas entre los antiguos pueblos peninsulares, como cofradías de iniciación guerrera. Aunque el término “totemismo” haya sido postergado por la antropología más reciente y muchos consideren que más que de religión, se trata de organización social, podríamos aventurar que en el caso presentado estaríamos ante un fenómeno que se haría más inteligible relacionándolo con este concepto de totemismo, por obsoleto y problemático que sea el vocablo. Pero no solo fue el lobo, existen datos que indican que también otros animales (no menos ambiguos en su simbolismo) fueron tenidos como tótem (válganos el término sin entrar en lizas) de algunas tribus asentadas en la Península Ibérica. Es el caso de la serpiente.
 
 
Al igual que el lobo, la serpiente no es menos inquietante. El lobo y la serpiente ocupan un lugar entre los animales malditos: su carácter depredador y peligroso es sobradamente conocido y explicaría hasta cierto punto la mala fama que han tenido entre poblaciones ganaderas, amenazadas por manadas de lobos y, siempre en núcleos rurales, con la peligrosa proximidad que comporta la vecindad de las serpientes que, ocultas en la maleza o bajo las piedras, atacan o que incluso se mostraban invasoras de las casas, para succionar de los pechos de las nodrizas adormecidas la leche con grave perjuicio para los lactantes.

 

En el cristianismo, la serpiente ha cifrado comúnmente toda la carga maligna hasta identificarse con el mismo Satanás. No obstante, incluso en el ambiente judío donde floreció entre espinas el cristianismo, podemos encontrarnos con una valoración simbólica de la serpiente, entendida como símbolo de la salud. Así se nos relata en el Antiguo Testamento que, después de murmurar contra Dios y contra Moisés, los judíos sufren un ataque de serpientes; arrepentidos, le piden a Moisés un remedio: “Y Yavé dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y ponla sobre un asta; y cuantos mordidos la miren, sanarán”. Hizo, pues, Moisés una serpiente de bronce y la puso sobre un asta; y cuando alguno era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y se curaba” (Números 21, 9). Esta serpiente de bronce sería llamada “Nejustán” y más tarde concitó un culto idolátrico que se encargó de destruir Ezequías quien “Hizo desaparecer los altos, rompió los cipos, derribó las aseras y destrozó la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque los hijos de Israel hasta entonces habían quemado incienso ante ella, dándole el nombre de Nejustán” (2 Reyes 18, 4-5). Jesucristo aludiría a ella, diciéndole  a Nicodemo: “A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en Él tenga la vida eterna” (Juan 3, 14-16).
 
 
Como podemos ver, la serpiente -en estos textos bíblicos veterotestamentarios y neotestamentarios- cobra más bien un valor simbólico salvífico, contra lo que viene a significar en el famoso relato genesíaco de la caída de Eva, que es seducida por la serpiente que, más tarde, el cristianismo la llamaría “serpiente antigua”. Sin embargo, quería hacer constar este particular para entender que la serpiente no tiene que estar por fuerza asociada a un valor maléfico, que es el que ha predominado tradicionalmente. Juan Eduardo Cirlot, en su “Diccionario de símbolos” indica que: “…la serpiente es simbólica por antonomasia de la energía, de la fuerza pura y sola; de ahí sus ambivalencias y multivalencias”. El caduceo (vara entrelazada con dos serpientes, donde la vara es el poder y las serpientes la sabiduría) también contiene con leve modificación una imagen similar a la de la serpiente de bronce. El bastón con la serpiente del romano Esculapio (Asclepios, para los griegos) y el mismo símbolo de la farmacopea también portan la serpiente aludiendo a su valor salutífero: por cierto, el caduceo es la insignia del obispo católico ucraniano. La erección de la Serpiente de Bronce en el asta fue el remedio que Dios revela a Moisés para curar a los judíos mordidos por las serpientes y se entiende como prefigura de Jesucristo Nuestro Señor crucificado.

 

En el imaginario cristiano, a pesar de su mala fama, la serpiente también reviste algunas connotaciones positivas. El humanista baezano Juan Francisco de Villava (circa 1540- circa 1619), en su obra "Empresas espirituales y morales" (año 1613) hizo figurar al espíritu "mortificado" bajo el emblema de una serpiente mudando la camisa entre piedras, bajo el lema "Pugnare necesse est" (Es necesario luchar); para ello alegaba la autoridad de Plinio, Aristóteles y, finalmente, la del italiano Pierio Valeriano Bolzani (1477-1558), autor de los "Hieroglyphica" (Basilea, 1556), quien, según Villava, sostenía que la serpiente "es símbolo del que habiendo salido de algún trabajo se restituye a estado mejor".

 

Sin ninguna duda, la serpiente es un símbolo incorporado a la medicina tradicional. Téngase en cuenta que, durante miles de años, han prevalecido algunos aforismos médicos que son directrices de las ciencias curativas: "Contraria contrariis curantur" (Lo contrario se cura con lo contrario), "Similia similibus curantur" (Lo semejante se cura con lo semejante). Y, como podemos comprobar, en el relato de la serpiente de bronce salta a la vista que opera milagrosamente la "curación" por visión de los "similar": para curar las mordeduras de serpiente, se eleva la serpiente de bronce en un asta.

 

Avieno en su “Ora Maritima” nos refiere que un pueblo denominado “serpents” invadiría la tierra ocupadas por los oestrymnios, hasta expulsarlos: “Primero [la península ibérica] fue llamada Oestrímnida porque habitaban sus lugares y sus campos los oestrimnios. Luego una multitud de serpientes puso en fuga a los habitantes y se apoderó de la tierra abandonada”. Se estima que estas “serpientes” corresponde a los celtas “saefes”. La llegada a la actual Galicia y norte de Portugal de esa tribu de las “serpientes” se produjo aproximadamente en el año 600 a. C. Y Oestrymnia (otros prefieren “Oestrímnida” (la tierra de los oestrimnios expulsados) adquirió entonces el nombre de Ophiusa: la tierra de las serpientes. Y, en efecto, en los castros galaico-portugueses puede verse todavía representaciones de figuras serpentiformes que indicarían a buen seguro la pertenencia a estos pueblos y muy probablemente cierta ofiolatría.
 
 
Entre los curanderos rurales españoles, la serpiente ha tenido un gran predicamento. Según nos refiere José Antonio García Ramos, en Almería: “La curandera de Arboleas tenía la habitación donde curaba forrada de camisas de serpientes”. Entre las enfermedades que más ha tratado (y todavía atiende) la curandería ibérica figura la llamada “culebrilla”. La medicina científica ha determinado que la “culebrilla” es el “herpes zoster” y encuentra su causa en el mismo virus de la varicela. Sin embargo, muchos remedios de la farmacopea científica se muestran impotentes para combatir esta enfermedad, mientras que la curandería tradicional (no nos referimos a los estafadores, por supuesto) estrangula con eficacia este mal.
 
 
En Euscalerría la culebrilla se denomina “Arrosa” y la curandería vasca la trataba con encantamientos varios, pero todos aluden a la rosa, a los rosales o a la Virgen de la Rosa (venerada en la iglesia parroquial de Santa Eufemia de Bermeo); José Miguel de Barandiaran ha estudiado estos temas con la profundidad que caracterizan los trabajos del maestro vascongado. Sería interesante un estudio exhaustivo de la curandería en toda la península ibérica, para catalogar los diversos tratamientos empleados por los curanderos en la extinción del “herpes zoster”. En Andalucía y también en Hispanoamérica (es el caso de Argentina), los curanderos emplean tinta china, a veces pólvora y pluma de pavo negro, escribiendo sobre la parte afectada los nombres de "Jesús, María y José", mientras salmodian ensalmos; pero los interesantes estudios de D. José Antonio García Ramos sobre estas prácticas ofrecen una ligera idea de la variedad que existe en cuanto a la mítica procedencia de la “culebrilla”, al modo de tratarla, a los elementos materiales con los que se trata, a los mismos encantamientos. Hay tal diversidad de oraciones que se recitan y rituales que perderían al más pintado; lo que sí parece una constante es el tema de la “gracia”. La "gracia" sería una especie de facultad (diríamos que a medio camino de la magia y lo religioso) que se hereda y transmite de curandero a curandero. Sin la "gracia" nadie puede curar culebrillas, por mucho que aprenda los ensalmos y operaciones.
 
 
La relación de los curanderos con la serpiente es tan ambigua como el símbolo de la misma. No solo tratan las “culebrillas” (herpes zoster), sino que, recordemos, algunos tienen el habitáculo forrado de camisas de culebras y hay muchos más casos que quisiéramos abordar en otra ocasión. 

Para ampliar información: Medicina popular en Almería, de José Antonio García Ramos.

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