miércoles, 8 de julio de 2015

LA TORTILLA ESPAÑOLA CON FAMA DE FRANCESA

 Custodia donada a la ciudad de Úbeda por Doña María de Molina, azafata de Doña María Teresa de Austria.
EL VOTO DE SILENCIO DE LA TORTILLA A LA CARTUJA:
notas culinarias
Manuel Fernández Espinosa
 
PASO 1:
SE ROMPE LA CÁSCARA,
SE BATE EL HUEVO
Y SE DERRAMA EN LA SARTÉN
...
Lo que en España conocemos como "tortilla francesa" es tortilla, pero no es francesa. Veamos.
Allá por el mes de junio de 1660 María Teresa de Austria casaba con Luis XIV de Francia, el Rey Sol. En el séquito de la Infanta de España que se iba a convertir en Reina consorte de Francia iba una señora de Úbeda, por nombre Doña María de Molina, en calidad de azafata y cuya recomendación, entre otras cualidades, era la de ser una excelente cocinera. Aquí se ve que María Teresa fue precavida y, a la forzosa mudanza de residencia, no quiso que se le añadiera -a la nostalgia por España- la atroz nostalgia culinaria. Esta misma Doña María de Molina donaría una preciosa Custodia a su ciudad natal.
PASO 2:
...Y DALE LA VUELTA (A LA TORTILLA "FRANCESA")
En la corte francesa cuando no estaban jodidos, es que estaban jodiendo. Todo eran murmuraciones, que de tan desvergonzadas incluso se plasmaron en folios. Así es como la muy criticona Mademoiselle de Montpensier dejó por escrito en sus memorias que la Reina María Teresa tenía la dentadura cariada y renegrida a no más poder y atribuía esta mala nota higiénico-estética al abuso que nuestra María Teresa hacía del chocolate. Mademoiselle de Montpensier critica esta especie de adicción al chocolate de su Reina y denigra también los pasteles de hojaldre que le eran servidos a María Teresa por su azafata doña María de Molina.
Más tarde el hojaldre, tan español, sería incorporado a la cocina francesa, atribuyéndolo a novedad introducida por el pintor Claudio Gelée el Lorenés, pero de eso nada, monada: en 1611 hay españoles que dan buena cuenta del hojaldre que se hacía en nuestras cocinas mucho antes de llegar ese pintor que se apropió del invento.
Con lo de la tortilla pasó tres cuartos de lo mismo que ocurriera con el hojaldre. Muchos remilgos de señorona versallesca, muchos visajes afectados, chismografía aristocrática, pero lo que en el día llamamos tortilla a la francesa no era otra cosa que lo que comíamos en España bajo el piadoso y cenobítico nombre de tortilla a la Cartuja.
Y va a ser que, por el voto de silencio de los cartujos -digo yo- será que a la postre (nunca mejor dicho), la receta de nuestra tortilla a la Cartuja se difundiría so la etiqueta de francesa... Por callárnoslas todas y verlas venir, como si nos la hubiesen descubierto (que viene a ser como enseñar a un padre a hacer hijos). Pero dejo aquí constancia -con esta nota anecdótica, histórica y culinaria- de la españolía de esa tortilla tan injustamente llamada "francesa".

sábado, 4 de julio de 2015

CASTRAPO

Por Antonio Moreno Ruiz
Historiador y escritor 



Hace tiempo que escuché hablar sobre el fenómeno del castrapo, que creo que hay quien también lo llama "chapurreau", que viene a ser una suerte de "gallego castellanizado" presente en algunas áreas de Galicia y, en menor medida, también de Asturias y León. Como cada vez voy conociendo más de la lengua gallega y analizando sus similitudes y diferencias con la lengua portuguesa (y no en vano en el pasado fueron lo mismo, aunque creo que en el presente no), me puse a bichear y encontré esto en youtube :



Valga decir que el último alegato "castelaoista" ya me hizo sospechar más de la cuenta, pues tengo a Castelao como la peor parte del galleguismo, con racismo antiandaluz incluido; cosa que no parecía incomodarle al mediocre muladí Blas Infante, con quien tan bien se llevaba, compartiendo el odio a la Reconquista y al patrocinio de Santiago sobre las Españas.

Con todo, dándome que pensar el vídeo, le consulto a Isaac Courel, un buen amigo del Bierzo, hablante de castrapo. Luego de ver el vídeo, me dice lo siguiente:

"Hay una cosa buena en esto de las lenguas. Cada uno habla como le sale de los cojones sin hacer caso de purismos inquisitoriales como el que exhibe el autor del video. Cuyo propósito, no nos engañemos, es otorgar carnés de mejor o peor gallego en función de la proximidad a su modelo de “gallego puro e ideal”. Eso no existe, como tampoco el gallego normativo de la enseñanza o la televisión gallega que luego nadie habla. Hay tantos idiomas gallegos como hablantes de gallego. Y hay tantas variedades de castellano como hablantes de castellano. Intentar normativizar es un esfuerzo que necesariamente conduce a la melancolía. Al final los esfuerzos de las academias, esos engendros del racionalismo ilustrado, no logran doblar el brazo a lo que el pueblo habla en la calle, siempre van por detrás, siempre se tienen que acabar tragando lo que hay, lo que la gente hace.

Los castellanohablantes de La Coruña no son menos gallegos que los demás por el hecho de no emplear el idioma gallego. Y los que hablan en el Barco de Valdeorras un castrapo más cercano al castellano tampoco por eso dejan de ser gallegos, ni lo son peores, ni hablan peor. En esto de las hablas no hay mejor ni peor, no hay superioridades ni purismos que valgan. Unos dicen cerrar, otros pechar y otros candar, como les salga de la puntalnabo. Lo que importa es entenderse.

Lo perverso es la utilización del idioma con fines políticos. Lo conocemos de sobra con el tema de los nacionalismos: en las Vascongadas, en Cataluña, en Valencia, en Asturias. Es cierto que para los manuales educativos hay que normalizar, y ello filológicamente lleva a la construcción de idiomas artificiales, poco conectados con la realidad a pie de calle o, por mejor decir, a pie de aldea, que es donde se conservan mejor los rasgos peculiares del lenguaje. Esa normalización lleva a la pérdida de riqueza, de peculiaridad, pero no hay otra forma de hacerlo, ésa es la labor de las academias. Lo malo son las imposiciones que desde ello pretendan derivarse.

En el caso del gallego ha habido mucha controversia. Hay incluso una tendencia radical del nacionalismo y del linguismo que propugna que el gallego no existe, que es portugués, y abogan por la desaparición de la Academia gallega y la implantación del portugués como idioma oficial y de enseñanza. Para ellos el gallego, y no digamos ya el castrapo, son idiomas degenerados por la contaminación del castellano. O sea que como ves hay para todo.

Afortunadamente para los que somos amantes de Portugal –y tú lo has sido siempre en gran medida- como de Galicia, sus gentes y sus hablas, estas controversias no llegan a calar en el común de la gente, que sigue hablando como lo hacían sus padres y sus abuelos sin hacer ni puto caso a lo que les enseñan en la escuela, lo que preceptúan las academias o lo que pretenden imponer talibanes como el que ha elaborado ese vídeo.

Un fuerte abrazo, amigo."


Lo primero que dije fue ¡amén! Acto seguido, me acordé de la cantidad de idiotas que intentan versar sobre las hablas andaluzas; unos, diciendo que es un "castellano mal hablado"; otros, escudándose en exotismos orientalistas de las mil y una noches; y ninguno, sin estudiar la presencia de arcaísmos castellanos, los términos que del bable y la fabla trajeron repobladores de distintos puntos del país, y la más que posible interacción con el romance mozárabe. Y por supuesto, sin reparar nunca en las lógicas evoluciones y asimilaciones de la gente; la que como dice mi gran amigo Isaac, al final es la que marca la lengua. Y la mejor forma para darle contenido a una lengua no es la imposición académico-política, sino leerla y escribirla; que así empezaron los regionalistas culturales en el siglo XIX con el Rexurdimento y la Renaixença; hasta que noramala todo aquello se politizó, hasta virarse insufriblemente surrealista.

Y bueno, eso de leer y escribir,  estos tiempos tan progres, oscuros y analfabetos, es decir mucho.

domingo, 28 de junio de 2015

DE LOS SEISES DE VALENCIA

Infantillo del Colegio de Corpus Christi de Valencia







Manuel Fernández Espinosa


San Juan de Ribera, nacido en Sevilla el año 1532, hijo de Pedro Enríquez y Afán de Ribera y Portocarrero, Duque de Alcalá y Marqués de Tarifa, Virrey de Cataluña y Nápoles, destacó como Arzobispo de Valencia. Juan recibió la tonsura clerical el 23 de marzo de 1544 en la iglesia de San Esteban de Sevila y poco después pasó a Salamanca. Felipe II lo propuso ante el Papa Pío VI para ocupar la sede episcopal de Badajoz en 1562 y en 1568 el Romano Pontífice le confiere el título de Patriarca de Antioquía y Arzobispo de de Valencia. El sevillano entró el 21 de marzo de 1569 en Valencia y acometió con celo y energía la reforma del clero y la edificación de las almas. Una de las fundaciones que de San Juan de Ribera han llegado a nosotros es el Real Colegio de Corpus Christi de la capital del Turia, instituido para la adoración del Santísimo Sacramento y la formación del clero.

Es en esta institución centenaria donde se establecería una de las tradiciones en Valencia que duró poco y que parece haberse rescatado: la de los Infantillos (semejante a la tradición de los Seises de Sevilla), de la que ya daba cuenta en "Nuestras ancestrales danzas guerreras". Así nos lo refiere el P. Burguera:

"En un principio verificábase por los claustros del Colegio y durante la octava del Corpus el baile de los infantillos, resultando un acto conmovedor, parecido al de los seises hispalenses. Poco después de la fundación de este Colegio, el carácter extremadamente serio valenciano, conceptuó á este baile como poco reverente á la Majestad del Sacramento, suprimiéndolo, en consecuencia, sin tener en cuenta que todas las cosas practicadas con intención recia y devoción esmerada son del agrado de Dios, y que por lo mismo aquel baile podía darle gloria. He tenido el gusto de ver dos ejemplares del uniforme de los antiguos infantillos que se usaban para el baile de referencia, y que guarda, como reliquia preciosa el Colegio de Corpus Christi de Valencia. No he podido dar con las poesías que, para cantadas, se repetían en la carrera de la procesión del Corpus, minetras era ejecutado el gracioso baile".

Digamos que Fray Amado de Cristo Burguera y Serrano (y no "Bruguera", como hemos leído en alguna parte) había nacido en Sueca (Valencia) el año 1872, en el seno de una familia carlista, había sido fraile en el Convento de Segorbe y llegó a ser censor eclesiástico, falleciendo en 1960 en su Sueca natal, de la que llegó a ser Cronista Oficial. Eruditos valencianos le describen como un "franciscano exclaustrado, rico y proveído de una fantasía clamorosa" que "consumió su vida en ocupaciones admirablemente extrañas". El Padre Burguera había conocido a D. Alexis de Sarachaga Lubanov de Rostov en 1914 en Francia y recibió de Sarachaga el cometido de crear la sección española del Hieron, aunque lo intentó, el proyecto no cuajó, no obstante, a su regreso a Valencia, el P. Burguera fundó, en unos terrenos a las afueras de Sueca el Studium Catholicum (invocando la experiencia pedagógica del P. Manjón). El edificio de este Studium Catholicum se inauguró el año 1931; pero la confrontación del P. Burguera con la II República provocó que las autoridades municipales republicanas clausuraran este centro. Sin embargo, su obra "Enciclopedia de la Eucaristía", donde trata este asunto de los Infantillos de Valencia, entre tantos otros temas, muestra a las claras que perseveró en la misión conferida por Sarachaga para la implantación del Reinado Social de Cristo Rey.

Los orígenes de los Seises sevillanos se remontan a Fernando III el Santo y sus danzas sacramentales hay que relacionarlas con las danzas guerreras más primitivas, ejecutadas ante el Santísimo Sacramento como danzas oferentes. Como apuntaba el P. Burguera, solo unas mentes estrechas podían censurarlas. La tradición se ha perpetuado felizmente en Sevilla como una de las muestras más entrañables de amor y adoración eucarísticos.

jueves, 25 de junio de 2015

EL "RELINCHO" EN LA TRADICIÓN VOLK-LÓRICA DE LOS PUEBLOS DE LA PENÍNSULA IBÉRIC

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EL “RELINCHO” EN LA TRADICIÓN VOLK-LÓRICA DE LOS PUEBLOS DE ESPAÑA

Manuel Fernández Espinosa


En los pueblos indoeuropeos el “caballo” ha desempeñado, desde la más remota antigüedad, un papel predominante que tendrá, en los rituales y relatos míticos, un importante protagonismo. El simbolismo del “équido” es muy complejo, y se han vertido ríos de tinta en su interpretación. Para Mircea Eliade era un “animal ctónico-funerario”, pero Mertens Stienon consideraba que era un antiguo símbolo del movimiento cíclico de la vida manifestada. Diel cree que el caballo simboliza los deseos exaltados, los instintos primarios, “de acuerdo con el simbolismo general de la cabalgadura y del vehículo” –según Juan Eduardo Cirlot. Sugiero que, de entre todas estas interpretaciones, retenga el lector ésta última de Diel para mejor entender lo expuesto más abajo.

Los “Asvins” indios, los griegos Cástor y Pólux, los anglosajones Horsa y Hengist... Serían expresiones de un mismo mito ancestral: el del caballo y el jinete que luego se transforma en el mito de los Gemelos. Según Puhvel, el mito de los gemelos se podría interpretar –en el mito y ritual proto-indoeuropeo- como el acoplamiento de un jinete con un caballo. Se sabe que los celtas continentales adoraban a la diosa Epona bajo figura de yegua blanca, pudiéndose comparar los rituales anejos a este culto de Epona con el “asvamedha” indio. En la Hispania indoeuropea encontramos una serie de animales sagrados entre los que, según la Doctora Guadalupe López Monteagudo, figuran “el ciervo, el caballo, el jabalí y el toro”. Sobre la función apotropaica (protectora) y psicopómpica (conductor del alma del difunto al “más allá”) del caballo tiene espléndidas páginas el erudito Profesor D. José María Blázquez, que no obstante piensa que “La Península Ibérica, por otra parte, nunca fue devota de Epona” a juzgar por los pocos vestigios epigráficos que pueden alegarse a favor de ese culto.

No obstante, a pesar de los reparos que una autoridad como la del Profesor Blázquez hace al culto de Epona en Hispania, hay que señalar que existe una multitud de estelas funerarias ibéricas, celtibéricas o celtas halladas a lo largo y ancho de toda la península. En estos monumentos fúnebres el caballo –con o sin jinete- es figura central. Tampoco habría que olvidar que la numismática prerromana es harto elocuente en este sentido, cuando en el revés de muchas monedas aparece otra vez el caballo como animal totémico, cabalgado o sin caballero. El Profesor Alejandro Recio Veganzones estudió un relieve ibérico hallado en el término de Martos: en dicho relieve nos aparece un caballo acompañado de otros elementos que no nos conciernen ahora. El Profesor Recio supone que este relieve decoraba “alguno de los lados de un monumento funerario”. En el arte antiguo se ha interpretado que el caballo –animal eminentemente funerario- condensa un simbolismo que no sólo se restringe al papel de “protector de tumbas” o “conductor de ultramundo”; también se ha interpretado el símbolo equino como simbolización de un hombre heroico.

Como reliquias etnológicas y folclóricas de estas primitivas creencias que tienen al caballo –tanto en los ámbitos indoeuropeos como ibérico- como animal totémico encontramos dos figuras muy curiosas: la del “Zamalzain” (personaje del carnaval de la vertiente francesa de Vasconia) y la del “Zaldiko”, perteneciente al universo carnavalesco de Lanz (en Navarra), ambos muy estudiados por el eminente antropólogo D. Julio Caro Baroja.

“Zamalzain” es, según el maestro antropólogo al que seguimos, “el personaje más importante [del carnaval de Zuberoa] que a primera vista representa a un hombre montado a caballo, si bien es verdad que el armazón que pretende simular el cuerpo del animal no lo hace con mucha propiedad. La cabeza del caballo, de madera, es muy pequeña. El hombre lleva un gorro complicado con plumas. Notemos ahora que caballero en vascuence es zaldun-a, y el caballo, zaldi-a.”

En Lanz un personaje carnavalesco, a primera vista parecería homólogo de “Zamalzain”, es “Zaldiko”, aunque Caro Baroja se pregunta: “¿Quién puede ser este hombre-caballo?”; y objeta: “Entre la mascarada de Lanz y las de Zuberoa hay una divergencia notable […] El ser mítico y ritual que los etnólogos de otro tiempo idearon con el nombre particular de “espíritu de la vegetación”, espíritu que pierde y recupera la fecundidad anualmente y que ostenta figura de caballo, no puede seguir haciendo el gasto de nuestras interpretaciones”.

Independientemente de estas consideraciones de Caro Baroja sobre el “espíritu de la vegetación” de la etnología clásica, el asunto sobre el que llamamos la atención es la identificación del hombre con el caballo, que puede apreciarse tanto en los personajes del carnaval vasco-navarro y vasco-suletino como en la hermenéutica del arte ibérico y celtibérico que interpreta al caballo funerario como cifra del difunto heroicizado.

Teniendo en cuenta que nuestros antepasados identificaron hombre y caballo, podemos entender que uno de los elementos del folclore hispano fuese el “relincho”, preservado en nuestros días tan sólo entre los vascos, aunque como tendremos ocasión de comprobar, existen vestigios literarios que nos revelan que también el "relincho" estuvo presente en otras zonas de la Península Ibérica.

En los jolgorios vascos, cuando la comunidad está gozando de la fiesta con la música y la danza, los hombres suelen lanzar los típicos “irrintzi” (relinchos). Como todos sabemos, el “irrintzi” es el típico relincho vasco que, en ocasiones de fiesta y regocijo popular, también en combate, profieren los vascones. En la práctica lo encontramos, y también lo hallamos mencionado siquiera de pasada en la literatura. Pío Baroja en “Zalacaín el aventurero” nos pinta a los vascos profiriendo “irrintzi”, también Unamuno aludirá al "irrintzi" -puede ser que, cito de memoria, lo haga en algunas escenas de “Paz en la guerra”.

Menos conocido es que el “relincho” formaba parte también –como expresión de desbordamiento y fiesta- del acervo volk-lórico de otros pueblos de la Península Ibérica; aunque lamentamos que se haya desvanecido en la práctica -y también se haya borrado de la memoria -de esos pueblos que no han sabido conservar las tradiciones de sus ancestros como así lo han hecho los vascos y navarros, dignos de todo nuestro respeto y admiración.

Por haber desaparecido el "relincho" de entre las expresiones festivas de los pueblos ibéricos resulta que sólo podremos hallar su reminiscencia en la literatura. Por ejemplo, en esa fuente inagotable del “Volk-lore” hispánico que es el Teatro Áureo de Lope de Vega. Por citar un ejemplo, valga el de algunas escenas que se nos representan en la muy famosa obra de Lope, “Peribáñez y el Comendador de Ocaña”. En las páginas de esta obra dramática podemos oír a Casilda, la bella esposa de Peribáñez, que dice:

“En mañana de San Juan
 nunca más plazer me hizieron
 la verbena y arrayán,
 ni los relinchos me dieron
 el que tus vozes me dan.”

En una de las acotaciones del dramaturgo podemos leer: “Éntrense todos relinchando”.

Creemos que no sólo en Ocaña, sino en toda la Península Ibérica pudiera ser el “relincho” (“irrintzi” vasco) una expresión festiva a lo largo de los siglos, llegando incluso a la época de los siglos áureos. Pero, incluso su uso se prolonga a tiempos más recientes.

En “El sabor de la tierruca” del gran D. José María de Pereda, podemos leer que también el “relincho” era una sólita práctica entre los jóvenes de las montañas cántabras para expresar alegría. Entre muchas menciones que de esta usanza hace el genial autor, podemos señalar la que nos pinta al término de una “deshoja” habida en la acción literaria que tiene lugar en el pueblo-ficto de Cumbrales:

“¡Y en el corral cantares, y en la calleja relinchos y más cantares!”.

CONCLUYENDO:

El “Diccionario de Autores” define el “relincho” con las siguientes palabras: “se toma por los gritos y voces en regocijo y fiesta”. El “relincho” ibérico consistía en la imitación humana de un animal sacralizado entre las tribus autóctonas: el caballo. Dicha emulación cuasi onomatopéyica podría interpretarse como una identificación que el hombre hace de sí mismo con el caballo totémico. Téngase en cuenta que el caballo es, para el hombre antiguo, animal domesticado: valiosísimo para el transporte e imprescindible para la guerra y que, en el simbolismo biopsicológico del caballo, éste representa –recordemos a Diel- “los deseos exaltados y los instintos primarios”. Si el empleo del caballo como animal de transporte depara su sentido “psicopómpico” (vehículo en el más allá) y el empleo bélico que del caballo se hace aporta su sentido “apotropaico” (defensor de tumbas), el simbolismo biopsicológico que repara en la exaltación de los instintos y el deseo -como un desbocamiento- será el que permita entender la propensión del hombre ibérico a identificarse –relinchando- con el caballo que relincha en los momentos más álgidos de su vida: cuando se dispone al apareamiento, cuando emprende una carrera desbocada o cuando expresa su plena satisfacción. Precisamente en momentos semejantes a los de mayor desenfreno para el ser humano: la fiesta y la guerra.

Pensamos que el “relincho” fue una usanza extendida por toda la Península Ibérica desde tiempos inmemoriales y remotísimos, uso que hogaño sólo se conserva en tierras vascónicas –gracias al amor que los vascos tienen por sus tradiciones y no sin desafiar bizarramente la destrucción de "viviendas" (1) que el espíritu moderno ha ejecutado, liquidando costumbres volclóricas. En el resto de la geografía peninsular, siempre más permeable a los vientos destructivos de la modernidad, el “relincho” ha desaparecido prácticamente.

Nosotros, reconociendo que estas líneas no quieren ser nada más que un ligero aproche etnológico, rogamos a los lectores del presente "aproche" que, en caso de poder hacerlo, añadan si lo tienen a bien más material procedente de la literatura o el volk-lore de toda España para dilucidar esta cuestión propuesta. Y, por último, reivindicamos el “relincho” como expresión genuina de la alegría de unos pueblos -los nuestros- que si no relinchan hoy en nuestros días es a buen seguro que por haber perdido la alegría antigua y vital que lo llevaba a danzar y guerrear mejor que ningún otro pueblo del mundo.
 

(1) La palabra "vivienda" en el léxico de mis personales estudios antropológicos recupera una antigua acepción -por ejemplo, empleada por fray Luis de León: la de "manera de vivir", "estilo de vida", por lo que no recomiendo entenderla como comúnmente se hace: vivienda = habitación física.

BIBLIOGRAFÍA:

CIRLOT, Juan Eduardo. “Diccionario de Símbolos”, Barcelona, 1997.

KRUTA, Venceslas. “Los Celtas” (Apéndice de la doctora G. López Monteagudo), Madrid, 1992.

MARCO SIMÓN, Francisco. “Los celtas”, Madrid, 1990.

BLÁZQUEZ, José María. “Imagen y Mito. Estudios sobre religiones mediterráneas e ibéricas”, Madrid, 1977.

CARO BAROJA, Julio. “El Carnaval. Análisis histórico-cultural”, Madrid, 2006.

CARO BAROJA, Julio. “Los pueblos de España”, Madrid, 1981.

RECIO VEGANZONES, Alejandro. “Relieve ibérico funerario con caballo de “Las peñuelas” (Martos)”, Separata del “Homenaje a José Mª Blázquez” , Madrid, 1993.

VEGA, Lope de. “Peribáñez y el Comendador de Ocaña”, Madrid, 1982.

PEREDA, José María de. “El sabor de la tierruca”, Madrid, 1889.

domingo, 14 de junio de 2015

LAS ALPUJARRAS

 
LOS MOZÁRABES ALPUJARREÑOS RESISTEN
 




Manuel Fernández Espinosa


¿LA ALPUJARRA O LAS ALPUJARRAS?

El geógrafo musulmán Al-Idrisi situaba Jaén en el distrito (él le llamaba "clima") de las Alpujarras. Alemany Bolufer, allá en su "La geografía de la Península Ibérica en los escritores árabes" sostiene que Al-Idrisi daba el nombre de Alpujarras a la gran Cordillera de Sierra Morena, y no a las estribaciones de Sierra Nevada. Lo que parecía ser una flagrante equivocación del geógrafo. Julio Caro Baroja, mediando en la diatriba, comenta que fueron varias las Alpujarras que hubo en el Sur de España: "el nombre de "Alpujarra" se dio no sólo a un clima o distrito montañoso, sino, a varios, de la misma forma como para los escritores latinos de cierto período los "Alpes" no eran sólo el sistema orográfico que se llama ahora así, sino las grandes montañas en general.", nos dice el sabio de Vera de Bidasoa.

Hace al caso también que advirtamos que, según el mismo Caro Baroja: "Se ha rastreado incluso un elemento "alp-" o "arp-" (también "carp-") en varios antiquísimos nombres de cordilleras macizos y se ha pensado que entra incluso en la composición del de Alpujarra". La palabra "Alpujarra", pues, vendría a significar algo así como "las tierras montañosas2. Gerald Brenan, por su parte, mucho menos sabio que nuestro antropólogo vasco, creía más bien que el término "alp-" venía a significar, según otra interpretación filológica, "blanco".

La palabra "La Alpujarra" fue empleada por vez primera en el siglo X. Algunos la tradujeron como "Colina de Hierba". Hernando de Baeza y Hernando de Zafra la nombraban en singular: "la Alpuxarra/el Alpuxarra"; mientras que Fernando del Pulgar se refería a "aquellas sierras que llaman las Alpuxarras": en plural. Algunos cronistas de las guerras moriscas, contemporáneos de estos Hernandos, llegaron a traducir el vocablo "alpujarra" por "la pendenciera", "la levantisca". Sea lo que fuere, no es erróneo -según al-Idrisi y otros muchos, tanto moros como cristianos- hablar de varias Alpujarras, por mucho que el término haya quedado restringido para esa comarca que se extiende entre el meridión de Sierra Nevada y el mar. Pues ya decimos que no faltan autores antiguos y reputados que mantuvieron abiertamente que la actual provincia de Jaén también tuviera su Alpujarra: unos la ponían en Sierra Morena y otros, en la Sierra de Cazorla.


EL MITO MORISCO A DEBELAR

Se ha estudiado el levantamiento de los moriscos en la Alpujarra, y desde entonces la Alpujarra ha quedado ligada indisolublemente a esta insurrección cruel. Ni que decir tiene que el aplastamiento de los insurgentes moriscos bajo los ejércitos españoles ha hecho correr ríos de tinta por parte de nuestros detractores -los enemigos de España; en su estilo sempiterno, gimiendo y fingiendo, como plañideras a sueldo, los agentes de la Leyenda Negra han exagerado hasta la desfiguración histórica la supuesta dureza que ejercimos los españoles sobre nuestras "víctimas": los "pobrecitos moriscos". Menos tinta se ha gastado, por contra, en destacar las brutales torturas y crímenes que, sí, efectivamente cometieron los moriscos durante su insurrección: violación de mujeres delante de los esposos, asesinatos horrorosos de cristianos (mediante empalamiento, degollamiento y destripamiento) y martirización de religiosos y sacerdotes; ni los niños escaparon a la sed insaciable de su bestialidad, por mucho que ahora nos los pinten a esos moriscos como corderitos mansos, lo que ocurrió quedó plasmado en las crónicas y allí lo que constatamos es que bien que se gozaban con la sangre de nuestros antepasados. Pero, una vez distorsionada la verdad histórica, casi prácticamente hasta alcanzar el grado de "dogma" políticamente correcto, la Alpujarra ha pasado de esta manera, en el imaginario anti-español, a ser el paisaje de las crueldades cometidas por los ejércitos de Felipe II, por mucho que la historia verdadera sea lo contrario: las Alpujarras, en manos de aquellos sectarios fanáticos, se convirtieron en auténticos campos de tortura y exterminio al aire libre, y sus bellos paisajes se tornaron en macabros mataderos en que los moriscos masacraron a sus vecinos cristianos. Muy pocos han sido los valientes que han dado un paso al frente, reconstruyendo la verdad histórica y debelando este peligroso mitologema, propalado incluso por series televisivas de dudosa fiabilidad histórica.

Los laboratorios ideológicos de la izquierda, avezados en falsificar sistemáticamente la historia, se apresuraron a reclamar la "herencia morisca", como si la derrota de los Aben Humeya y sus hordas sanguinarias de moricos fuese algo así como la anticipación o prefiguración de la derrota del Frente Popular en 1939, con parejo victimismo cínico y mendaz la izquierda ha vuelto a falsificar la Historia de España con el capítulo de los moriscos. Y, no obstante, digamos que en cierto modo no podemos regatearle a esa izquierda -que por más leída no es más intelectual- que, existieron -eso es verdad- asombrosos paralelismos entre el conflicto morisco y la Guerra Civil de 1936-1939: los moriscos, al igual que los milicianos rojos después, tenían la misma vesánica costumbre de asesinar salvajemente a cuantos confesaran el nombre de Cristo.

Pe
ro ya es hora de reintegrar las Alpujarras como suelo hispánico, tan hispánico como Covadonga o los recónditos parajes vascones, aquellos confines adonde no llegaron a pisar las babuchas moras. Si se ha exagerado el ambiente moruno de las Alpujarras, pese a haber sido colonizadas por españoles "cristiano viejos" (como mis mismos antepasados) tras el aplastamiento de los moriscos, es el momento de reivindicar las Alpujarras como espacio de resistencia contra la morisma invasora que nos ocupó durante largos siglos de tinieblas. También, digámoslo, pese a lo que puedan creer algunos incautos, la suerte de los moriscos no se decidió tras la pacificación de las Alpujarras, pues fueron reubicados en la Península hasta su posterior expulsión definitiva por Felipe III. Hasta ahí llegó la clemencia de nuestro Rey Prudente, el nunca justamente alabado Felipe II.

MOZÁRABES ALPUJARREÑOS POR SU LIBERTAD

El presunto "hispanista" Gerald Brenan -digo "presunto", y muy pronto lo verán ustedes- escribió "Al sur de Granada", prontuario de tópicos sobre las Alpujarras que insisten sobre el aire moruno de este país del Reino de Granada. Estos tópicos que troquelaron los viajeros románticos y este tal Brenan van repitiéndose por doquier, ignorándose las más de las veces su espuria procedencia. En este libro de Brenan, inspirado a raíz de su estancia en Yegen en los años que van de 1920 a 1934, el guiri ofrece pasajes antológicos que se anticipan al posterior "Mito de las Tres Culturas". Para muestra, un botón:



"Los visigodos ocuparon el lugar de los romanos y, después, en el 712, llegaron los árabes, que establecieron un gobierno más justo y más tolerante. Los intrigantes nobles y los terribles obispos cedieron ante una religión que, por lo menos, intentaba llevar a la práctica los mandamientos de su fundador. La rápida conversión de la mayor parte de España al Islam demuestra que la pesadilla había terminado" ("Al sur de Granada", Edición de "Siglo XXI de España Editores", pág. 221.) La negrita es nuestra: gobierno justo y tolerante el de los árabes... la pesadilla (se refiere a la España visigoda, cristiana y europea) había terminado... Con semejantes afirmaciones, Gerald Brenan pasa para nosotros directamente al cajón de los imbéciles, cuando no al de los embusteros enemigos de España.

Como ustedes puede ver, este texto que escribió Gerald Brenan desmiente con esos plumazos la tontería que afirma que dicho escritor inglés pueda ser considerado "hispanista", pues tamaña aberración como la que sostiene no la puede decir nunca un hispanista, un amigo de España; esa torpe mentira sólo puede proclamarla un enemigo de España. Por eso será que la progresía española -también lo de "española" es un decir- encaramó a Gerald Brenan al renombre que no mereciera entre los españoles bien nacidos. Después vendría el otro, el Ian Gibson... Otro pseudo-hispanista de pegote.

Y, después de esas paparruchadas, nada tiene que decirnos Gerald Brenan de la numantina resistencia de los mozárabes alpujarreños. O no lo sabe, o calla... como una puta.


ALPUJARRAS: LA COVADONGA MERIDIONAL POR DESCUBRIR

Es aquí cuando nos toca destacar que el hecho de la resistencia mozárabe contra el Islam en las Alpujarras, así como en otras partes de al Andalus, constituye un hecho histórico incontrovertible. La razón de su incuestionabilidad nos la dan las mismas fuentes árabes que atribuyen a las comunidades cristícolas -mozárabes- de Granada los correos clandestinos que llegaron a Alfonso I el Batallador, Rey de Aragón, invocando su clemencia para venir a Andalucía y liberar a las comunidades mozárabes. "Los mozárabes, bajo el mando de Ibn Al-Qalas, se ofrecían a proporcionar combatientes al rey aragónes si se atrevía a marchar sobre Granada, no menos de doce mil, encuadrados y disciplinados" -apunta José Ángel Lema Pueyo en su magnífica biografía de "Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Pamplona (1104-1134)"; libro imprescindible para el conocimiento de este formidable Rey Cruzado.

Alfonso I el Batallador acudió a la llamada, corrió y estragó las tierras andalusíes y de regreso a Aragón llevó consigo a un enorme contingente de mozárabes con sus familias que huyeron de las represalias de sus dominadores musulmanes.

Las Alpujarras merecen el nombre de levantiscas, pero no lo fueron tan sólo para Felipe II. País montuoso y riguroso, las Alpujarras fueron una reserva hispánica que permaneció prácticamente inalterada tras el 711, hasta que tras la incursión aragonesa de Alfonso I el Batallador los tiranos islámicos exterminaron a la población autóctona, deportando a una gran cantidad de mozárabes supervivientes al norte de África. El abuelo del filósofo Averroes aportó la idea: exterminio y deportación para los cristianos aborígenes. El nieto de esa mala bestia tiene una estatua en Córdoba, aunque nos queda el consuelo de que también conoció el destino que su abuelo dictó para nuestros antepasados.

Es hora, ya digo, de que esa facción de la juventud culta y audaz, la que todavía pueda quedar en España, tome en serio estas cosas y acometa una labor de investigación histórica que ponga las cosas en su sitio, apartando las mentiras perniciosas que han fabricado los enemigos de España, empezando por las Tres Culturas. Ojalá muchos jóvenes historiadores que sabemos que nos siguen y leen se animen a realizar tesis doctorales sobre asuntos como este que dejamos aquí esbozado. Es hora también, de que los alpujarreños contemporáneos se rebelen contra la ficción histórica que le han prefabricado los agentes políticos y culturales que trabajan, día y noche, por la destrucción de nuestra identidad. Es hora de reclamar el legado de Ibn al-Qalas, aquel que llamó a Alfonso I el Batallador para que el fuerte aragonés viniera a liberar a los mozárabes, cautivos en su propia patria y sometidos al extranjero.

 
BIBLIOGRAFÍA:

"Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Pamplona (1104-1134), José Ángel Lema Pueyo, Ediciones Trea, Gijón, 2008.

"Los moriscos del reino de Granada", Julio Caro Baroja, Alianza Editorial, Madrid, 2003.

"Al sur de Granada", Gerald Brenan, Siglo Veintiuno de España Editores, Madrid, 1993.

"Descripción del reino de Granada sacada de los autores arábigos", F. J. Simonet, Granada, 1872.

"La geografía de la Península Ibérica en los escritos árabes", J. Alemany Bolufer, en Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su reino, 9, 1921.







jueves, 7 de mayo de 2015

SOBRE EL ÁGUILA BICÉFALA DE LUCENTUM (ALICANTE)


APORTES PARA DESPEJAR UNA INCÓGNITA


Manuel Fernández Espinosa


En el año 2005 se descubrió en el yacimiento de Lucentum lo que ha sido descrito como: "un "lituus" (representa el bastón de los sacerdotes augures), debió medir unos 2,2 metros de altura y su excepcionalidad radica en que es la primera y hasta ahora única pieza del mundo romano que incluye un águila con dos cabezas". Según algunas fuentes, esta mano de bronce se ha datado en el siglo I d. C. ("Diez años de misterio en torno al águila bicéfala romana de Lucentum"), aunque otras fuentes apuntan que habría que fecharla en el siglo III d. C. ("Lucentum: o La ciudad de la luz"). La determinación de su fecha es muy importante para saber si se está hablando de un "misterio" sin solución o si puede haber visos de despejar la incógnita.
 
Dando por supuesto que fuese del siglo I d. C. estaríamos ante una pieza única, dado que el águila bicéfala, como símbolo imperial, no se adoptó hasta fechas muy posteriores. Sin embargo, el águila bicéfala es un símbolo antiquísimo: se emplean como símbolo de poderío desde dos mil años antes de Cristo, los hititas las emplearon y se pueden encontrar ejemplares plasmados artísticamente en la actual Turquía. En nuestro ámbito cultural fue Bizancio -el imperio romano de oriente- el que la incorporó y la transmitió tanto a los Habsburgo como a los Zares de la Santa Rusia.
 
Como digo, si el fragmento de nuestra estatua lucentina se fecha en el siglo I d. C. sí que cabría hablar de una rareza. En ese supuesto de datación, no queremos dejar de explicarnos la razón que podría explicar esta muestra de bicefalia aquilina digamos que anticipada.
 
El "lituus" era un bastón que empleaban los augures sacerdotales de la antigua Roma, para trazar las líneas de un templo, tras el escrupuloso escrutinio del vuelo de las aves. Como Máximo Pontífice el emperador podía ostentarlo en su calidad de sumo sacerdote. Teniendo en cuenta la importancia que las aves tenían para la elección del lugar a consagrar, nuestra águila bicéfala habría que considerarla en su categoría simbólica más sacerdotal que política. Pero teniendo en cuenta que religión y política constituían una unidad indisociable.
 
Juan Eduardo Cirlot comenta que: "Como otros animales, en cuanto [el águila] habita la región de Géminis, se duplica parcial o totalmente: surge entonces el águila bicéfala" ("Diccionario de Símbolos", J-E. Cirlot). La bicefalia constituye un binario que simbólicamente hay que relacionar con otros, sobre todo con el Jano bifronte. El sacerdote oferente invocaba a Jano bajo el nombre de "Patulcio" (el que abre) y "Clusio" (el que cierra): "Toda puerta tiene dos frentes gemelas, a un lado y a otra, de las cuales, una mira a la gente y la otra, en cambio, al dios lar" -dice Jano por boca de Ovidio. Y lo que más conecta a Jano con el águila bicéfala es lo que sigue revelándonos a través de Ovidio: "así yo, portero de la corte celestial, alcanzo a ver a un tiempo la parte de Levante y la parte de Poniente". Siempre se ha tratado de explicar que la razón de la bicefalia en el águila imperial remite al imperio de oriente y occidente, pero lo que expresa esta duplicidad no es una división, sino que contiene una unidad: "yo -sigue dicendo Jano-, para no perder el tiempo torciendo el cuello, tengo licencia para mirar a dos [direcciones] de ellos [caminos] a la vez, sin mover el cuerpo".
 
El fragmento escultórico hallado en Lucentum representa un mano izquierda que sostiene el pomo de una espada ceremonial, representando a un emperador revestido de militar. Los arqueólogos reconocen no haber identificado al emperador, pero -reitero- si la fechan en el siglo I d. C. me inclino a pensar que el emperador sea Tiberio (42 a. C. - 37 d. C.) que rigió el Imperio desde el año 14 hasta el 37. Este emperador impuso el protectorado en Armenia y de allí pudo traerse el símbolo.
 
El águila bicéfala está relacionada con el signo astrológico de Géminis y, por lo que sabemos de Tiberio, éste emperador manifestó un gran interés por la astrología, como consta por Suetonio: "Bastante indiferente en lo que respecta a los dioses y a las prácticas religiosas, pues cultivaba la astrología y estaba convencido de que todo lo gobierna el hado". De entre los templos que dedicó Tiberio mereció especial mención a Suetonio el de Cástor y Pólux, figuras mitológicas también relacionadas con Géminis.
 
Armenia era un territorio que lindaba con Roma al oeste y con el imperio parto al este, de ahí que su situación geopolítica la hiciera tan fluctuante. Los reyes se los ponían los vecinos. Pero la inteligente política de Tiberio aseguró que Armenia se inclinara a favor de Roma. El símbolo de la doble águila (duplicidad completa y no parcial como expresa la bicefalia) todavía permanece en el escudo heráldico de la actual Armenia, aunque se ha transformado en un águila y un león a modo de tenantes que flanquean y sostienen el escudo de armas.

BIBLIOGRAFÍA:

"Vidas de los doce césares", Suetonio.

"Fastos", Ovidio.

"Anales", Tácito.

miércoles, 29 de abril de 2015

LA CAMPANA MÁS ANTIGUA DE LA CRISTIANDAD



LA CAMPANA DEL ABAD SAMSÓN
 
Manuel Fernández Espinosa
 
 
Es considerada la campana más antigua de la Cristiandad. Esta campana fue descubierta en el siglo XVI, cuando limpiaban un pozo a media legua de Trasierra, en Córdoba (España). Se conservó en el Monasterio de San Gerónimo de Valparaíso (a una legua de Córdoba) hasta que el Monasterio fue cerrado y sus monjes exclaustrados con la desamortización de los bienes eclesiásticos decretada por el ministro masón Álvarez de Mendizábal. La conservó el Padre Maestro Fray José de Jesús Muñoz y la Comisión de Arbitrios de Amortización la requisó entregándola a la Comisión de Ciencias y Artes, cuya sede estaba en el Colegio de Humanidades de Nuestra Señora de la Asunción de Córdoba. Actualmente forma parte de la exposición del Museo Arqueológico de Córdoba.
La importancia que tiene esta campana no sólo reside en su antigüedad, sino que además de ello es una reliquia en tanto que fue, como consta por su inscripción, una donación del Abad Samsón a la iglesia de San Sebastián, como leemos en la leyenda grabada a buril que presenta su circunferencia:

+Offert hoc munus Samson abbatis in domum sancti
Soebastiani, martiris Christi era DCCCC et XIII.

(El abad Samsón ofrece este regalo a la casa (templo, ermita) de San Sebastián, mártir de Cristo, en el año de la Era 913)
¿Quién era el Abad Samsón? Samsón de Córdoba fue un clérigo (el título de Abad aquí no habría que entenderlo como dignidad monástica, sino parroquial) que destacó en el siglo IX junto a San Eulogio y Álvaro de Cordoba, cristianos que vivieron en la Córdoba ocupada por el poder califal mahometano. Samsón tuvo conflictos con algunos obispos heréticos, como Hostegesis de Málaga y con otros cristianos que colaboraban estrechamente con el poder califal. Destacó como un valiente apologeta de la fe (se conserva su obra "Apologético" que es un testimonio de su sólida formación filosófica y teológica) enfrentándose con esta obra a las herejías que trataban de implantar sus enemigos, sufrió persecución y destierro en Tucci (actual Martos, Jaén).